Habla el poeta
A Grigory Sokolov se le podría aplicar el calificativo que el violonchelista Janos Starker dedicó en su día al director de orquesta Georg Solti: “la respuesta a la crisis energética mundial”. No porque sus recitales se basen en el espectáculo o en el efectismo, sino todo lo contrario. Quienes han asistido a sus conciertos describen un ambiente de profunda concentración, casi ritual, en el que la atención absoluta transforma la experiencia musical en algo cercano a una ceremonia compartida entre intérprete y público.
De ese nivel extremo de recogimiento surge una energía especialmente intensa que llena la sala con una fuerza difícil de comparar. A ello se suma la expectación casi febril que precede cada una de sus actuaciones y la discreción de un artista que, en una época dominada por la exposición mediática, mantiene su presencia pública al mínimo.
Su arte se construye siempre frente al piano, a través de interpretaciones de gran hondura expresiva, un dominio absoluto del sonido, una visión casi orquestal del instrumento y una atención minuciosa a cada detalle. Sokolov no utiliza la obra en beneficio propio, sino que se pone al servicio total de la partitura, a diferencia de otros intérpretes que parecen situarse por encima de ella.
De esa honestidad interpretativa nace una verdad artística que regresa al Teatro de la Maestranza en una de esas escasas ocasiones en las que la música se vive como una experiencia de comunión directa y esencial.