La muestra recorre un siglo de evolución cerámica a través de obras premiadas en un certamen nacido en 1926 por iniciativa del Ateneo local, considerado el más antiguo de España en su especialidad. La muestra repasa el tránsito desde la alfarería utilitaria de barro blanco —con cántaros, botijos y jarras— hasta las propuestas contemporáneas, en un recorrido que refleja cómo la tradición artesanal dialoga con la innovación. Salvo los paréntesis de la Guerra Civil y la pandemia de 2020, el concurso documenta la evolución estética y técnica de la cerámica española, consolidándose como un testimonio vivo del patrimonio cultural rambleño.
La exposición también pone el foco en los cambios que transforman el oficio a lo largo del siglo XX. La incorporación del vidriado en torno a 1930, impulsada en talleres locales como el de Antonio del Río Salado, «el Lilo», y Joaquina Arjona Luque, junto al maestro Antonio Burgueño, abre nuevas posibilidades para la cerámica decorativa, la jardinería y la arquitectura. Asimismo, reivindica el papel fundamental de las mujeres en la decoración de las piezas mediante pigmentos y esmaltes, una labor que hoy mantiene su reconocimiento dentro del Repertorio de Oficios Artesanos de Andalucía. La creación de la Asociación de Artesanos Alfareros en 1984, la declaración de La Rambla como Zona de Interés Artesanal en 2012 y el reconocimiento turístico regional de la muestra en 2013 completan este recorrido por la protección y continuidad de una tradición que sigue evolucionando.
El itinerario expositivo abarca tres ámbitos que permiten descubrir la diversidad de lenguajes y técnicas de la cerámica: la alfarería tradicional en bizcocho, centrada en el barro torneado sin esmaltar; la cerámica tradicional y decorada, donde conviven motivos de inspiración hispanomusulmana, esgrafiados y aplicaciones de óxidos; y las nuevas formas de creación contemporánea, que incorporan materiales como el gres, la porcelana y el paperclay, además de cristalizaciones y cocciones de leña. El visitante puede apreciar las diferencias entre las cocciones a baja temperatura, en torno a los 980 °C, y la vitrificación del gres, que alcanza los 1.260 °C, así como los efectos que producen las atmósferas reductoras y los procesos de oxidación en los acabados.