La muestra reúne en Sevilla diez biombos y dieciséis abanicos japoneses de los siglos XVI al XIX, procedentes de una colección privada raramente accesible al público. A través de estas piezas, la exposición recorre cuatro siglos de creación artística en los que el kinpaku, el tradicional pan de oro japonés, trasciende su función ornamental para convertirse en una materia viva, capaz de recoger y reflejar la luz, alterar la percepción del espacio y dotar a las imágenes de una singular dimensión estética y simbólica. Sobre los fondos dorados emergen pinos, grullas, flores, aves y paisajes, en un diálogo entre naturaleza, espiritualidad, literatura y vida cotidiana que revela la riqueza de la cultura japonesa.
Comisariada por el profesor Hiroyuki Kano y el doctor Daniel Sastre de la Vega, la exposición sitúa en el centro de su recorrido los byōbu, los tradicionales biombos japoneses, concebidos no solo como elementos funcionales, sino también como instrumentos capaces de transformar los espacios y conferirles solemnidad y prestigio. Presentes en ceremonias, bodas, banquetes y rituales, estas piezas participan de una cultura en la que los objetos artísticos establecen vínculos entre las personas, la arquitectura y la vida social. Su diversidad de formatos y usos permite descubrir tanto grandes composiciones destinadas a transformar visualmente una estancia como obras concebidas para ámbitos más íntimos, donde cada detalle adquiere una especial relevancia.
La naturaleza y la literatura ocupan un lugar destacado en este universo visual, poblado de bosques de bambú, peonías, hierbas otoñales y delicadas escenas que evocan la sensibilidad poética japonesa. Algunas obras remiten a clásicos como La historia de Genji, mientras otras imaginan palacios suspendidos entre las nubes, donde realidad y fantasía se funden sobre superficies doradas. A este repertorio se suman dieciséis abanicos que, pese a sus dimensiones más reducidas, condensan la sofisticación de la cultura cortesana. Utilizados como regalos, soportes para la caligrafía y objetos de sociabilidad, incorporan motivos mitológicos y literarios, como el fénix sobre un árbol de paulonia o la leyenda de Tōbōsaku y los melocotones de la inmortalidad, y muestran cómo la creación artística se integra en los gestos y las relaciones de la vida cotidiana.
El recorrido se adentra asimismo en los periodos Momoyama (1573-1615) y Edo (1615-1868), fundamentales para el desarrollo de la pintura sobre oro y la consolidación de los grandes biombos dorados como símbolos de autoridad y representación del poder. La tradición de la escuela Kanō y la figura de Kanō Eitoku ayudan a comprender el alcance artístico y político de estas composiciones, en las que la materia y la imagen participan de una misma puesta en escena. Más allá de su excepcional valor patrimonial, KINPAKU propone una aproximación al arte japonés desde sus dimensiones estética, simbólica y social, y reivindica la relación entre arte, espacio y naturaleza como parte esencial de su identidad.