El Museo de Bellas Artes de Córdoba alberga una de las colecciones más significativas de grabados de Ricardo Baroja y Nessi (Minas de Riotinto, 1871 - Vera de Bidasoa, 1953), gracias a la generosa donación del artista por su amistad con los hermanos Romero de Torres. No se trata de tiradas comerciales sino de un conjunto excepcional de pruebas de autor, estampas seleccionadas y dedicadas por el propio Baroja, por lo que se consideran piezas únicas. Esta colección convierte al museo en uno de los centros de referencia para estudiar la obra gráfica de este polifacético artista que, además de pintor, escritor, actor e inventor es considerado uno de los grandes grabadores españoles, pues según los críticos en España el aguafuerte pasó de las manos de Goya a las de Ricardo Baroja.
Nacido en el seno de una familia intelectual vasca, su producción gráfica se fecha en las primeras décadas del s. XX, desarrollando un estilo personal alejado de las corrientes académicas dominantes e integrado plenamente en el ambiente cultural de la Generación del 98. Su legado artístico asciende a ciento treinta grabados, un millar de óleos, una veintena de libros entre ensayos y novelas, así como numerosos artículos periodísticos.
Aunque su figura artística ha sido eclipsada por la fama literaria de su hermano, el célebre novelista Pío Baroja, se considera uno de los grandes renovadores del grabado, que con él dejó de ser una técnica reproductiva secundaria para convertirse en arte autónomo y creativo. Dominó la técnica del aguafuerte, combinado a veces con aguatinta, punta seca y barniz blando, creando grandes contrastes de luces y sombras. Baroja defendía que el grabador debía ser pintor y producir con el blanco y negro la sensación del color y efectos lumínicos y atmosféricos. Además, relacionaba el grabado con la literatura porque, según él, debía crear escenas narrativas y contar historias de la vida cotidiana. Sus estampas están pobladas de personajes del mundo barojiano, como las novelas de su hermano Pío.
Una selección de ellas se exhibe en esta sala, en las que se aprecia la habilidad técnica del artista para extraer con dos tonalidades una rica gama de matices, así como su capacidad de observación de la sociedad de su tiempo, con el toque de ironía y crítica característico del 98. Reflejan la España profunda, donde la vida popular transcurre en paisajes rurales y aldeas de Castilla y Extremadura, con traperos y sus carretas, grupos de aldeanos en plazas, posadas o tabernas, curas que pasean o transitan por veredas en medio de la ventisca y niños que caminan a la escuela. Muestra la influencia religiosa de sacerdotes en los fieles, especialmente mujeres enlutadas y capta el folklore de tradiciones locales, como el baile de las castañeras de Ntra. Sra. de Chilla, así como las reuniones de las cofradías de enterradores. La España rural de Baroja es esa España negra noventayochista, en la que el atraso y la pobreza provoca sentimiento de decadencia nacional y empatía hacia los humildes.
Recrea también el ambiente urbano de Madrid, con escenas de calle donde se plasma la chulería castiza y el piropo callejero, con parejas que retozan en el Paseo de Rosales, coches de caballos que circulan en medio de la lluvia por el Paseo de Recoletos, pintores en su estudio y chulos, majas y cupletistas que retratan la bohemia madrileña en cafés y verbenas. Baroja muestra los bajos fondos de la sociedad madrileña, uniendo el mundo urbano y el rural a través de temas comunes que denotan el desencanto de una sociedad marcada por el atraso histórico y la necesidad de regeneración.