Es una de las creaciones más geniales y al mismo tiempo menos conocidas de William Shakespeare. Disfrutón máximo, hedonista sin límites, tragón infinito, amante del jerez y la cerveza, sobador de posaderas, deslenguado e indómito, el soldado John Falstaff, instructor del príncipe Harry, futuro rey Enrique V, es un absoluto vitalista. Su lema favorito para el brindis es “¡Dame vida!”
Desconfía de los méritos militares, se hace el muerto en el campo de
batalla para salir ileso y pasa la mayor parte del tiempo en su taberna favorita, La Cabeza del Jabalí. Falstaff fue el personaje más popular de Shakespeare en vida del autor. Y ha llegado el momento de reivindicarlo para el siglo XXI.
Al final de la segunda parte de ‘Enrique IV’, Falstaff es condenado al exilio por el que había sido su camarada, el príncipe Harry, ahora coronado rey. Es ahí donde empieza nuestra propuesta, en una cárcel a la que el soldado es conducido por alta traición a la espera de su ajusticiamiento en la horca. Falstaff rememora sus aventuras ante su compañero de celda, al mismo tiempo que se reafirma en todo cuanto había dejado dicho sobre el honor, el mérito, la amistad y el placer.
Derrotado y abocado al fin, mantiene sin embargo su pulso bien firme contra el poder en su ambición por la vida. Su comedia, tal y como pretendió Shakespeare, nos lanza de manera directa esta pregunta:
¿hasta qué punto podemos defender nuestra libertad individual frente a las convenciones, las banderas y las patrias?